La singularidad de Freddie Spencer se basa en que llegó más alto que nadie, y parece que seguirá siendo así para siempre. Pero en 1985, año de la supernova, se acabó el combustible del astro. Eso es lo sabido por todos, porque su palmarés está a la vista. Pero en aquel entonces no era un personaje abierto a la prensa. El Mundial ingresaba en el profesionalismo de la mano de Kenny Roberts, el hombre que revolucionó el gallinero, y aunque ya existían las ruedas de prensa, el piloto que quería podía ser hermético. No era el caso de Spencer, más bien al revés, eran sus más directos rivales (Roberts primero y Lawson después) los que se llevaban mal con la prensa. Freddie era la cara amable. Pero una cosa es ser agradable con la prensa y otra cosa es contar lo que te pasa. Y después de 1985, Spencer no sabía lo que le pasaba. Sabía que sus antebrazos no funcionaban. La medicina no tenía identificado el Síndrome Compartimental como lo está hoy en día. En 1986 surgieron suspicacias entre Honda y Spencer, fruto del desconocimiento, pero la frustración creció en ambas partes, hasta que se consumó su primera retirada. La perspectiva del tiempo pone en su lugar a Freddie Spencer, su talento y su gesta. Y no solo los adelantos en medicina clarifican lo que pasó entonces. Su autobiografía -al calor de las estrecheces económicas tras la crisis de 2008- aclara mucho de lo que aquí se cuenta.

Un capítulo escrito y realizado por Pipe Hinojosa y Adolfo Calles.

 

 

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