El Mundial iba como la seda. Llegaba a Silverstone muy emocionante, no tanto por la lucha por el título, sino por la figura emergente de Jorge Lorenzo y su particulares luchas tanto con su actual compañero de equipo como con el próximo. A más abundar, se había reasfaltado la pista, necesario más por los baches que por su precario agarre, todo eran ventajas y los pilotos de Yamaha tenían oportunidad de destacar en un circuito en el que la aceleración bruta no es tan importante. Los resultados anteriores de Rossi y Viñales invitaban al optimismo, y el pronóstico meteorológico no preveía calor. Por eso sienta tan mal el sopetón.

El GP de Gran Bretaña ha devenido en la Gran Chapuza, porque nadie ha salido beneficiado, ni siquiera el contratista, que aunque haya cobrado, ha cubierto su nombre de gloria. Desde la persona(s) que aprobó el presupuesto del reasfaltado hasta el que lea estas líneas se ha visto privado de la carrera, y muchos han perdido su tiempo a la espera de que el desenlace no fuera la anulación del Gran Premio, y fueron unas cuantas horas. A buen seguro que Dorna implantará un protocolo de revisión de los circuitos reasfaltados para que no baste la buena fe y la confianza en los gestores profesionales de los circuitos a los que va el circo, por míticos que sean. Los daños contractuales, económicos y de imagen bastarán para que así sea. 

En lo deportivo, ventaja para los líderes de las tres categorías, que mantienen su ventaja con una carrera menos por disputar. Imagino el escozor de Maverick, no tanto por la anulación sino por la lluvia: en seco era el que tenía más ritmo y velocidad. Tampoco se irá contento Lorenzo, que no ha podido sellar las bocas que iba cerrando. Y es que todos nos vamos descontentos y escocidos.

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